El agua murmura historias antiguas entre las piedras del arroyo Urquiza.
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A orillas de ese cauce transparente, donde el monte entrerriano se despliega como un refugio de memorias vivas, se encuentra El Viejo Molino: un camping que no es solo destino turístico, sino enclave de tiempo y territorio. Llegar hasta allí —tras dejar atrás la Ruta Nacional 14 y adentrarse en caminos que huelen a tierra húmeda y eucalipto— es como cruzar un umbral. No uno marcado por carteles, sino por la sensación de que algo esencial se está por revelar. En esta crónica trashumante, comparto la experiencia de habitar ese espacio, escuchar sus silencios, y dejar que el paisaje hable también de nosotros.
Territorio y memoria.
El Viejo Molino no es solo un camping: es una pausa en el tiempo. Ubicado sobre el arroyo Urquiza, en el corazón de Entre Ríos, este espacio conserva la huella de más de dos siglos de historia. El molino original, que da nombre al lugar, fue testigo de los primeros asentamientos rurales, de los ciclos del agua y del trabajo, de los silencios que la modernidad suele olvidar.
Hoy, el predio se extiende sobre mil metros de playa y cuarenta hectáreas de monte nativo, donde los árboles forman galerías naturales y los senderos se abren como venas del paisaje. Caminar entre las ruinas del viejo molino es dejarse envolver por el canto de los pájaros, el crujido de las hojas secas, el rumor constante del arroyo que serpentea entre piedras y raíces. La playa de arena blanca, casi escondida entre los sauces, invita a detenerse, a mirar sin apuro, a escuchar lo que el territorio tiene para decir.
Pero no todo es contemplación. El Viejo Molino también es infraestructura pensada para el encuentro: bungalows rústicos, refugios para acampantes, quincho comunitario, cantina, sanitarios amplios. Todo dispuesto con una estética que respeta el entorno, sin estridencias. El turismo aquí no irrumpe: se integra.
La experiencia del viajero.
Llegué a El Viejo Molino con la mochila cargada de preguntas más que de provisiones. El camino desde la Ruta Nacional 14 se fue transformando en un corredor de verdes intensos, donde los carteles turísticos se vuelven innecesarios: el monte habla por sí solo. Apenas cruzás el portón de entrada, el aire cambia. Hay algo en la forma en que el arroyo se curva, en cómo los árboles se inclinan como si escucharan, que te hace sentir huésped de un tiempo más lento.
En la cantina, me dijeron: “Acá no se viene a hacer mucho, se viene a estar.” Esa frase quedó resonando mientras recorría el predio. Vi familias preparando el mate bajo los refugios, chicos corriendo entre los sauces, un grupo de jóvenes armando carpas con más entusiasmo que técnica. Todo parecía formar parte de una coreografía espontánea, donde el paisaje no se impone, sino que acompaña.
Me instalé cerca de la playa, donde el arroyo Urquiza se ensancha y deja ver su fondo de piedras lisas. El silencio allí no es ausencia de sonido, sino presencia de lo esencial. Leí, escribí, caminé. Pero, sobre todo, observé. Y en esa observación, descubrí que el camping no es solo un lugar para descansar: es un espacio para reencontrarse con lo que muchas veces dejamos atrás en la velocidad cotidiana.
Reflexión trashumante.
Estar en El Viejo Molino no fue solo descansar: fue escuchar al monte entrerriano y las aguas tranquilas del arroyo. Escuchar el agua que no cesa, los árboles que no olvidan, las voces que aún resuenan en el monte. En ese espacio de aparente quietud, se revela una pedagogía del territorio: una forma de aprender sin aulas, de pensar sin apuros, de vincularse sin algoritmos.
El Viejo Molino, con su historia rural y su presente turístico, es también un espejo entre lo natural y lo narrado, entre lo vivido y lo representado, se juega una ética del viaje que Momento Trashumante busca cultivar: viajar no para consumir, sino para comprender; no para acumular postales, sino para abrir preguntas.
Lo que el monte enseña.
Volver de El Viejo Molino no fue regresar: fue traer. Traer preguntas, imágenes, silencios y recuerdos de una infancia. Traer la certeza de que hay territorios que educan sin permiso, que interpelan sin palabras, que nos devuelven a lo esencial. En ese cruce entre lo íntimo y lo colectivo, entre lo vivido y lo pensado, se abre una pedagogía trashumante que no busca respuestas, sino vínculos.
Porque conocer también es caminar. Es detenerse. Es escuchar lo que no está en los manuales. Y si algo aprendí en ese rincón de Entre Ríos, es que el monte tiene memoria, y que la memoria, cuando se comparte, transforma.
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