Por David para Momento Trashumante. Imagen EG. Hay una terquedad silenciosa que heredamos los que descendemos de nuestros abuelos inmigrantes. Una forma de ser que no sabe de quejas, pero sí de esperas largas. Mi abuela paterna trajo esa misma marca desde los cantones suizos: la misma mirada austera y ese ADN que te obliga a construir con la mirada un paso más allá, aunque el horizonte parezca esquivo. Cuando llegué al Molino Forclaz un sábado de enero, no me sentía un turista. El aire de Entre Ríos estaba denso, pegajoso, de esos que te hacen sentir el peso de cada año vivido. Había ido para ver la visita teatralizada, para ver a los actores locales ponerle cuerpo a la historia. Pero en un momento, entre las sombras de las edificaciones, el parral, los añosos arboles y el resplandor de los faroles, la ficción paso a un segundo plano. Lo vi ahí, apoyado contra la piedra mora que reviste el molino. No era un actor repasando un libreto; era él. Juan. Tenía los hombros cargados de u...
Llegar al Molino Forclaz, en la localidad de San José, Entre Ríos, fue como abrir una ventana al pasado. El camino me llevó entre chacras y campos, hasta que la silueta del molino comenzó a recortarse contra el cielo entrerriano. Allí estaba, imponente y silencioso, testigo de la historia de los inmigrantes suizos que llegaron a estas tierras en el siglo XIX. La primera impresión Al ingresar al predio, lo primero que me atrapó fue la arquitectura: el molino de viento, la casa familiar, los galpones y el aljibe. Todo parecía detenido en el tiempo, como si la familia Forclaz aún viviera allí. Caminé despacio, observando cada detalle, imaginando las manos que levantaron esas paredes y el esfuerzo de quienes intentaron hacer funcionar el molino en una tierra donde el viento no siempre acompañaba. La representación artística Ese día tuve la suerte de presenciar una representación teatral realizada por artistas locales. Interpretaron a los miembros de la familia Forclaz, recreando sus sueños...