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Yaviyú: entre eucaliptos y historias sumergidas.

A 12 km de la nueva Federación, esta reserva natural guarda lo que el agua no pudo borrar.


No sabía que el silencio podía tener textura hasta que pisé los senderos de Yaviyú. A unos 12 kilómetros al sur de la nueva ciudad de Federación, en el noreste de Entre Ríos, esta reserva natural se extiende como un cinturón ecológico bordeando el embalse Salto Grande. Llegué con mi mate y la mochila cargada de interrogantes y los sentidos que ansiaban naturaleza. Lo que encontré fue más que un paisaje costero: fue una forma de respirar distinto.

La presencia institucional la marca Prefectura Naval Argentina y un puesto de Gendarmería, que patrullan la zona por su cercanía al río Uruguay. Uno de los agentes me saludó desde la costa, mientras ajustaba su embarcación: “Por acá el monte guarda cosas que el agua no pudo llevarse”, me dijo, señalando un eucalipto altísimo que parecía vigilar el horizonte. Transité entre troncos rectos y cortezas que se descascaran como si mudaran de piel. A veces, entre tanto árbol forastero, asomaba un tímido helecho que le hacía compañía a un Camboatá, como recordando que este suelo tuvo otras raíces.

Territorio transformado


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La Reserva Natural Yaviyú abarca unas 124 hectáreas y combina islas, barrancas, pasarelas y zonas de acampe. Su morfología está marcada por la presencia del embalse Salto Grande, cuya construcción en los años 70 inundó la antigua ciudad de Federación y alteró profundamente el curso del río Uruguay. 

El paisaje actual es resultado de esa transformación: nuevos ecosistemas, especies adaptadas, y una historia territorial que resiste bajo el agua.


A lo lejos, un “cementerio de árboles” en el lago es testimonio visible de ese cambio. El monte que crece aquí es resiliente, pero también marcado por lo que perdió. El predominio de eucaliptos —una especie implantada— convive con flora nativa que resiste en los bordes, como los algarrobos, los espinillos, cactus que florecen en la primavera entrerriana y los helechos que aún se aferran a la sombra.

El recorrido.


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El circuito principal atraviesa zonas de eucaliptales, miradores naturales y senderos que bordean el agua. En el mirador, el horizonte se parte en dos: monte y agua, pasado y presente. Me senté un rato a escribir, pero el paisaje me pidió silencio.

Un carpincho cruza entre los juncos como si supiera que era domingo. Escuché el canto de un ave que no pude identificar, pero que me hizo recordar a los cuentos que, de gurí, mi abuela contaba. Toqué la corteza de un árbol, cerré los ojos y sentí que algo se acomodaba adentro mío. No era turismo. Era otra cosa.

Voces del lugar.

La Reserva Natural Yaviyú, enclavada junto al espejo del lago Salto Grande, despliega una panorámica que no se deja atrapar por una sola mirada. Desde la barranca que bordea el agua, el paisaje se abre como un relato en capas: la vegetación que resiste, los biguá, siriríes y caraúes que surcan el cielo, y los islotes que emergen como fragmentos de una historia sumergida. Estos pequeños islotes, nacidos tras la construcción de la represa hidroeléctrica, le dan al entorno un carácter único — como si el monte y el agua hubieran pactado una nueva forma de convivir.

“Yaviyú es como un corazón que late despacito”, me dijo un lugareño que tomaba unos mates a orillas del río. “Hay que venir sin apuro, sin ruido, sin querer entender todo”. Me mostró un cuaderno donde anotan los avistajes de fauna de la reserva. “A veces la gente sueña cosas acá, las escribe. No sabemos por qué, pero pasa”.

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Lo que queda.

Volví a casa con tierra en el calzado y preguntas nuevas. ¿Qué significa conservar un lugar que también conserva a quienes lo visitan? ¿Cómo se narra un monte sin traicionarlo con palabras?

Yaviyú no es un destino. Es una pausa. Una forma de recordar que hay historias que no se borran, aunque el agua las cubra. Y que hay territorios que nos esperan, aunque no sepamos que los estamos buscando.




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