Por: David para MT.
Allí, justo después de una curva del sinuoso sendero,
donde la arboleda se vuelve más espesa, surgió una silueta. Un ciervo.
El episodio completo míralo en mi canal de YouTube @momentotrashumante.
Había dejado atrás las antiguas cavas de piedra, donde el eco de los picapedreros parece haber sido reemplazado por el susurro del pastizal.
Mi descenso por el camino sinuoso de la Sierra del Tigre estaba llegando a su fin, o eso creía yo. El sol comenzaba a descender, tiñendo el granito de un dorado profundo, cuando sucedió... algo maravilloso.
Allí, justo después de una curva del sinuoso sendero, donde la arboleda se vuelve más espesa, surgió una silueta. Un ciervo.
Me detuve. El motor de la vida pareció apagarse por un segundo.
A pocos metros, este magnífico ejemplar se mantenía inmóvil, observándome con una curiosidad cautelosa. En sus ojos se reflejaba la luz del atardecer y, quizás, la historia de una especie que ha encontrado en estas sierras un refugio natural. No hubo miedo, solo un reconocimiento mutuo entre dos viajeros en un camino compartido.
El lenguaje del silencio.
En el mundo natural, un encuentro de este tipo es un privilegio raro. El ciervo no huyó. Mantenía sus orejas erguidas, captando cada vibración del aire serrano. Por un momento, el tiempo —ese que medimos con tanta ansiedad en nuestras ciudades— dejó de existir. Solo quedaba el latido de la sierra y la presencia imponente de esta criatura.
Es en estos instantes donde uno comprende la verdadera importancia de preservar estos espacios. La Reserva Natural Sierra del Tigre no es solo un paseo turístico; es un recordatorio de que, si les damos el espacio suficiente, los habitantes originarios de la tierra pueden convivir con nosotros en una armonía... frágil, pero bellísima.
El regreso a la civilización.
Finalmente, con un movimiento elegante y casi imperceptible, el ciervo se dio la vuelta y se perdió entre los arbustos, regresando a la seguridad de la espesura.
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