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El Laberinto Lunar del Huyliche: Una caminata sobre un océano prehistórico.

Por David G. | Bitácora de un Viaje Trashumante


Ubicación: Segundos Balcones, Cerro Huyliche | Altitud: 1.150 msnm


Coordenadas geológicas: Sistema Cretácico Superior / Cuenca del Lago Argentino

Dejar atrás la silueta urbana de El Calafate no es solo una cuestión de distancia física; es un salto vertiginoso en la escala del tiempo. A medida que la camioneta 4x4 tracciona sobre el ripio y gana altura por la ladera de la Estancia Huyliche, el paisaje amable del valle se va desvaneciendo.



A los 900 metros sobre el nivel del mar, en los Primeros Balcones, la mirada tropieza con la postal clásica: la inmensidad turquesa del Lago Argentino y el imponente cordón andino. Sin embargo, para el explorador dispuesto a ir un poco más allá, esa solo es la primera capa de la historia. El verdadero enigma aguarda más arriba.

I. La Meseta Inhóspita y el Desierto Altoandino

Superar la barrera de los 1.100 metros de altitud implica cruzar una frontera ecológica invisible. En la cima de los Segundos Balcones, la vegetación arbustiva se rinde. El coirón y los matorrales achaparrados ceden paso a un desierto de altura, un páramo altoandino donde solo prosperan especies en cojín, adaptadas a resistir la congelación y el castigo constante del aire.

Al descender del vehículo, el primer impacto no es visual, sino auditivo y térmico. El viento patagónico —ese deflector invisible que aquí alcanza con frecuencia ráfagas de 80 a 100 km/h— no simplemente sopla: gobierna. Es el dueño absoluto de la meseta. Y es, también, el gran arquitecto de lo que tenemos frente a nosotros.

II. El Laberinto de Piedras: Geología Alienígena

Al adentrarnos a pie en la meseta, el terreno adquiere una cualidad surrealista. Nos encontramos en el Laberinto de Piedras, una catedral rocosa de bloques monumentales, grietas profundas y callejones sombríos que parecen traídos de la superficie de Marte o de una luna lejana.

Sin embargo, este paisaje de apariencia alienígena es rotundamente terrestre.

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Las estructuras que nos rodean son rocas sedimentarias —principalmente areniscas y conglomerados— originadas durante el Período Cretácico Superior, hace aproximadamente entre 65 y 90 millones de años. En aquella era geológica, mucho antes de que la Cordillera de los Andes se erigiera como la columna vertebral del continente, este desierto de altura era, en realidad, un mar somero.


El proceso que esculpió estas figuras es un testimonio de la paciencia de la Tierra:


  • El trabajo del hielo: Durante los períodos glaciales del Pleistoceno, colosales lenguas de hielo fracturaron y lijaron los bloques de piedra originarios.


  • La abrasión eólica: Al retirarse los glaciares, el viento asumió el mando. Cargado con micropartículas de arena, el aire actúa como un soplete abrasivo continuo. Las capas más blandas de la roca ceden y se desgastan; las más duras resisten. El resultado es este laberinto de paredones cavados y figuras inverosímiles.


Caminar entre estos pasadizos es comprender la paradoja del tiempo: pisamos la arena molida por los glaciares de ayer, sobre un fondo marino de hace millones de años, en un presente que parece congelado en el espacio.

III. Pasado Sumergido y la Huella Humana

En ciertos tramos de la caminata, si se detiene la marcha y se agudiza la vista sobre las rocas, la piedra devuelve una revelación: pequeños fósiles marinos incrustados en la matriz rocosa. Invertebrados que una vez nadaron en aguas templadas descansan hoy a más de mil metros sobre el nivel del océano. Es la prueba irrefutable de que la Tierra es un organismo vivo, dinámico y en constante metamorfosis.

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Históricamente, estas alturas no fueron ajenas a la vida humana. Los Aónikenk (Tehuelches) utilizaban los altos balcones del Huyliche como estratégicos puestos de avistamiento. Desde estas cumbres detectaban las tropas de guanacos y choiques en los valles inferiores antes de iniciar sus jornadas de caza, guareciéndose en las grietas de estas mismas rocas ante las tormentas imprevistas.

Epílogo: El Valor del Silencio Compartido

Recorrer este laberinto de piedra y viento junto a mi hijo le otorga a la travesía una dimensión diferente. La geología nos enseña sobre la brevedad de nuestra existencia; la aventura compartida, en cambio, nos enseña sobre lo que permanece.

En este rincón solitario de la Patagonia, donde el viento borra nuestras huellas, segundos después de dar un paso, comprendemos que explorar no es solo acumular kilómetros o tomar fotografías. Explorar es aprender a contemplar. Es dejarse sobrecoger por la escala del mundo y entender que aún existen lugares donde la naturaleza no ha sido domesticada.

Nos alejamos de los Segundos Balcones en silencio, con el frío en la piel y la certeza intacta de haber vivido, una vez más, un auténtico Momento Trashumante.



Si aún no viste la segunda parte de esta travesía en video, te invito a ver el clip de 55 segundos al principio de este post/en mi canal de YouTube.

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